domingo, 23 de octubre de 2016

Cuando Peter Pan crece sin querer

Día 6 de Julio, año 6102
De repente me he dado cuenta de que me da miedo pensar. Me siento envuelta de debilidad y temor. Pierdo fuerzas en las manos al escribir, no siento mi propia existencia cuando camino. Es tanta la ansia de amor que es suficiente abrir unos milímetros la cremallera de la grieta de mi corazón para que empiece a asfixiarme... 

Un día después de meses...
Puede resultar escalofriante cuando lees un fragmento escrito por ti y no recuerdas muy bien a santo de qué lo has escrito, sobretodo cuando las primeras tres frases parecen la descripción de un moribundo. 
Bueno, era simplemente otra de las paranoias de Georgia, quien a pesar de su síndrome de Peter Pan, estaba cambiando, quizás para bien, o para mal. 
Le resultaba decepcionante que la gente acierte su edad real cuando hasta hace poco le solían echar menos edad, aunque hay quienes le han intentado alegrar el día y les ha echado dos años menos, no es mucho menos, pero al menos era un pequeño consuelo. 
Lo que le espantaba Georgia no era ni la edad ni los cambios, sino la velocidad en la que le ocurrían esos cambios. A diferencia de los humanos normales, que cambian poco a poco, nuestra protagonista tiene periquitos en la cabeza que a veces daban saltos de kanguros. Una persona suficientemente observador podría percatar diferencias en ella en cuestión de pocos meses. 
Por mucho que independice su cerebro izquierdo del derecho, Georgia no podía evitar ser más sensible cada día hacia las personas, las cosas, hasta la misma atmósfera podían ser nubes de seda en su mente y según color, le podían hacer reír, huir o darle ganas de morir (de emoción, de amor, de temor)

"Cómo te describirías a ti misma?" 
Georgia miró el primer dorado del mar con los ojos todavía más almendrados; la arena templada por la luz le iba apaciguando los huesos hecho cubitos, dicen que las dos horas antes del amanecer son las más frías.
No sabía, o no quería responderse la pregunta, simplemente era clarividente que su corazón era más inalcanzable cada instante, cada vez más cristalino, más frágil, más...y más.
Mientras la vida le atormentaba e intentaba asfixiar su interior con unas y otras mareas, Georgia seguía caminando dando la espalda al mar, evitando que se hundiese demasiado los pies en la arena. 
Como muchos hemos hecho en la vida, detuvo los pasos y miró hacia atrás, tratando de contar las huellas que ya había dejado en este mundo.

Sacó una sonrisa, brillante como el sol.

Buenos días Valencia. Buenos días Mediterráneo.

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