Georgia se quedó tan sumamente enamorada cuando las figuras masculinas se incorporaron entre las sevillanas. Un acto de carácter popular y cotidiano ( o incluso hay quienes lo llaman vulgar) se convirtió en una escena elegante e inexplicablemente sensual...de tal modo que al día siguiente, al recordarse de ello pensó: me caso con un sevillano, como si supiese que los que bailaban eran sevillanos y el simple hecho saber bailar le fuese a prometer un amor eterno.
Eso me recordó a dos noches anteriores...
Tras improvisar una pieza sin fin, me eché encima del piano cerrando los ojos suavemente. La madera del atril me transmitió tanta paz que me sentí en un mar de flores en medio de un bosque, donde no se hallaba nadie quien pudiese estorbarme...
Intentaron despertarla pero sólo consiguieron que Georgia se abrazara más al piano como si fuese el lecho más acogedor del universo.
Música, danza, movimientos sensuales en mente, momentos infelices entre las melodías.
Una vez más ha demostrado que las cuerdas no traicionan nunca.
Jamás...