"Esto parece el fin de la tierra" pensó Georgia al llegar a la otra punta del aeropuerto atravesando el pasillo que comparado con otros aeropuertos, parece Lilliput. Ya en sí, en ese espacio aeropuertario había escasa respiración humana y ese rincón directamente estaba en estado yermo. Mirabas los cristales y los asientos vacías con la sensación de que te situabas en un edificio abandonado de la segunda guerra mundial o de pronto podías sospechar que no estabas sino en un en una de esas burbujas grises donde el gobernador es Dios y obliga a que la gente vea un arco iris en el cielo sin sol.
Tras un té en estado sonámbula. Georgia levantó a cabeza y saludó al pájaro metálico.
Era hora de volar.